
Ya me dio diarrea. Me lo esperaba. En esta pinche ciudad tan grande es necesario un estomago de acero para soportar la buena vida. El mío viene blandito marca provincia. Pero eso no impidió que me fuera a tomar unos pulques con mi abuelo.
- ¿Vamos a “Los hombres sin miedo?.
- Vamos – que prefiero pasarme la noche entera cagando champurrado chapopote café (calientito), a perderme un buen pulque. Uno de verdad. Y eso sí es un hombre sin miedo.
Pero me llevaron a “El mexicano”. Adentro era todo fiesta: una rocola en el fondo (que escupía con indiferencia lo mismo a Juan Gabriel que a los Doors o al Chente), un wanna be cholo tatuado de los brazos y su amigo chompa a un lado, unos rucos que venían de jugar futbol sentados en tres mesas que juntaron, unos viejitos bailando y hasta el otro lado una especie de familia disfuncional.
Me pedí un curado de piña y mi abuelo uno de piñón. Mi tío Toño también venia, pero él ya no toma. Estaba más bueno el de mi abuelo. Nos los tomamos mientras me contaba de cuando era joven y le dio de balazos a unos güeyes, de cuando se fue al otro lado de jornalero durante la segunda guerra mundial, de cuando construyó un casononón de tres pisos, de cómo mi papá nació en esta casa donde duermo y escribo.
- Antes no se usaba ir al hospital. Ahí nacieron casi todos tus tíos.
Antes había una pulquería casi a un lado de la casa. Se llamaba “La hija de los siete machos”. Antes había como seis pulquerías en la colonia pero poco a poco se acabaron. Antes mi papá tenia tres años y el dueño de la pulquería lo ponía a bailar sobre la barra con un enanito. Antes antes, siempre antes, es el idioma de mi abuelo a sus noventa y tres años.
- ¿Y qué es lo que más extrañas?.
- Trabajar. – dice son su sonrisa de dientes falsos, su ojo de vidrio, sus rodillas jodidas y la cara llena de arrugas- Extraño tanto trabajar que en la noche sueño que trabajo.








