martes, 16 de agosto de 2011

Pasos

Vivíamos en cuevas. Éramos changos y de pronto pensábamos y lo único que conocíamos era la recolección de frutos y la caza de animales grasosos. No había mucha higiene pero la mierda siempre ha olido a mierda. Me imagino que al menos cagábamos lejos de donde dormíamos. Yo sigo miando el colchón así que sobre la orina no estoy muy seguro. Era un vida idílica. Viajando de aquí para allá según las estaciones. Con una infancia al aire libre y sin televisión. Hacíamos lo que queríamos cuando nos daba la gana y si no nos moríamos de hambre. Confiábamos en nuestro instinto a tal punto que cuando las mujeres se iban a cagar nosotros los hombres aprovechábamos para violarlas. No había amor, no había novios, ni esposos, ni divorcios. Nuestras relaciones amorosas se limitaban a las violaciones en grupo, y eso, señoras y señoras, fue la mejor época de la humanidad. Las mujeres parían sobre la tierra y cortaban el cordón umbilical a mordidas. Sí el macho alfa de la manada andaba muy urgido, o si la mamá le parecía muy guapa, mataba al bebé a pedradas para seguir cogiendo con la chica en cuestión. Por aquel entonces no había rampas para discapacitados ni anteojos para los miopes: era la ley del más fuerte. Sobrevivíamos a base de raspones y sangre. La vida no era fácil. Había frío y algunas veces hambre. Demasiada hambre. Teníamos los cuerpos esqueléticos y moríamos a los quince años. Los más viejos celebraban los veinte haciendo nada por que seguramente ni siquiera nos acordábamos de la fecha en que una vagina velluda y hedionda nos había escupido al mundo. Lo único que teníamos eran nuestro viajes siguiendo al sol y a la comida. Huíamos del invierno y de la sed. En el camino aprendimos a construir flechas y cuchillos de piedra. Todavía no habíamos inventado las tumbas así que abandonábamos a los hermanos caídos y seguíamos adelante. Algún tronco, algún paisaje en especial nos recordaba donde habían muertos esos amigos de antaño. Ese hombre viejo al que mamá trataba con especial cariño o el tipo de la historia increíble sobre como mató a un mamut antes de ser aplastado por su cuerpo inmenso. En algún punto comenzaron las tumbas. Yo creo que la primera vez que se enterró un cadáver fue por que estábamos acampando en un lugar cómodo y alguien había muerto cerca así que cuando empezó a apestar decidimos hacer un hoyo para esconderlo dentro. También fue así como surgió el primer fantasma. Esa es mi teoría. Nuestras almas estaban acostumbradas a vagar por los bosques y luego alguien enterró a alguien en un paraje clave para la ruta de regreso y al siguiente año ahí estaba el primer aparecido. Supongo que salieron cazar. Había gente nueva, las mujeres se quedaron a cuidar a los niños y de pronto en la noche alguien escuchó pasos afuera. Fue a ver que pasaba y se encontró con que un tipo que había muerto un año atrás seguía vagando muerto por las noches, molestando a los vivos con su presencia oscura, eterno recordatorio de que la vida tiene un precio.

lunes, 15 de agosto de 2011

Silla

En 1992 mi tío Jacinto se ahorcó sin dejar nota alguna. Fue una muerte extraña y silenciosa. Nadie la supo explicar. Recuerdo que en esa época vivía con nosotros y que andaba buscando trabajo. O tal vez eso último me lo hayan dicho después. El caso es que recuerdo que mi tío nos llevaba mucho a los parques y a la playa. A veces nos recogía en la escuela y en el camino de regreso nos compraba un hot-dog después de hacerle la promesa de que nos comeríamos todo lo que tenía mamá preparado y que no diríamos palabra alguna.
Una mañana mi mamá nos sacó de la escuela y nos llevó a la casa de una amiga suya. Estuvimos ahí una semana entera. Nos compraron nieve y nos llevaron a la feria casi todos los días. Ahora se porque.
Durante años vivimos pensando que nuestro tío había regresado al DF. Cuando tenía como diecisiete años me contaron la verdadera historia. Se me hizo un nudo en la garganta. Busqué en las fotografías viejas el rostro nebuloso de ese tío mío suicida y no encontré alguna seña que anunciara sus ganas de morirse. Al contrario. Parecía un tipo cualquier, feliz y barbón. En las fotos aparecía como uno de esos señores jóvenes que habían sobrevivido a los setentas arrastrando una estela hippie y chilanga.
Todo esto lo escribo por que ahora estamos hiendo a terapia familiar. Mis papás están en la crisis de los cincuenta y esa es una de las formas en que intentan solucionar su crisis existencial.
En los últimos días salió el tema del tío suicida. Era el hermano más chico de mi papá. Nosotros hacemos como que no escuchamos pero en la noche se puede oír su llanto y la voz de mi mamá a través de las paredes. Yo no se que haría si mi hermano se suicidara. Por eso lo entiendo. Supongo que había enterrado la culpa y el dolor durante muchos años.
Una noche escuchamos más ruido y más llanto de lo usual. Mamá y papá discutían. Había fuego en el patio. Papá estaba quemando una silla y varias fotografías. Cuando salí a ver que pasaba encontré la silueta del viejo frente a una pequeña hoguera. Mi madre me hizo una seña para que le ayudara con la manguera. Yo no quise hacerlo. Las lagrimas de mi padre eran iluminadas por el brillo sutil del fuego. Tenía la playera mojada. Mi hermano dice que escuchó llorarlo hasta el amanecer. Yo estaba muy cansada y me volví a dormir casi de inmediato.
En el desayuno mi mamá nos explicó que el viejo había guardado la silla en que mi tío se había subido para colgarse. La tenía escondida en la cochera. Ese mismo día regresé del trabajo ya tarde y encontré con que papá seguía dormido. Cayó la noche y él seguía roncando. Nadie se atrevió a despertarlo.

viernes, 12 de agosto de 2011

Naturaleza muerta

Empecé otro blog donde escribo sobre los libros que voy leyendo. Yo se que es un blog fresa pero no me importa: es la respuesta a una terrible humillación.

En días pasados estuve en un curso intensivo para capacitarme como profesor por parte de la SEP. Una de las clases se llamaba “Taller de lectura y redacción”. Era una de esas bonitas materias donde te explican que es una exposición, las diferentes categorías de los textos, los acentos y las consonantes y toda esa parafernalia hipócrita que suelen llamar clases de español. El caso es que en las primeras sesiones estuvimos hablando sobre la importancia de la lectura y entonces el maestro lanzó la temida pregunta al aire: ¿cuántos libros han leído este año? Uno por uno fuimos respondiendo: dos, uno, ninguno, dos, uno, ninguno y ninguno. Esas fueron las respuesta de la mayoría de los “futuros profesores” - el personal ilustre que habrá de educar a nuestros hijos, a los hijos de la nación. De pronto una señora, que ya se había presentado como periodista, dijo dieciséis. Nada extraño había en su respuesta. Pero cuando llegó mi turno, yo era el penúltimo –siempre me ha gustado sentarme atrás en la esquina -dije veinte.

La cifra despertó una oleada de peroratas y una morra hasta gritó “¡qué mentiroso!”. Me sentí ofendido. Que la puta vida los haya tratado tan de la verga como para no tener la decencia de querer imponerse el siempre benemérito hábito de la lectura por simple sentido de supervivencia profesional (estamos en crisis) o por ganas de superarse (teniendo en cuenta que la mayoria eran graduados de alguna licenciatura y/o ingeniería o tenían más de 30 años), no me convierte en un mentiroso.

Estábamos a finales de julio. 20 libros, 28 semanas, 196 días –aproximadamente. No es mucho teniendo en cuenta que la mayoría de los libros que leo son novelas cortas o colecciones de cuentos.

Pinche gente.

Por eso ahora existe este blog – para presumirlo en Linkedin cuando vaya a pedir trabajo:

http://proyectocain.blogspot.com/