En 1992 mi tío Jacinto se ahorcó sin dejar nota alguna. Fue una muerte extraña y silenciosa. Nadie la supo explicar. Recuerdo que en esa época vivía con nosotros y que andaba buscando trabajo. O tal vez eso último me lo hayan dicho después. El caso es que recuerdo que mi tío nos llevaba mucho a los parques y a la playa. A veces nos recogía en la escuela y en el camino de regreso nos compraba un hot-dog después de hacerle la promesa de que nos comeríamos todo lo que tenía mamá preparado y que no diríamos palabra alguna.
Una mañana mi mamá nos sacó de la escuela y nos llevó a la casa de una amiga suya. Estuvimos ahí una semana entera. Nos compraron nieve y nos llevaron a la feria casi todos los días. Ahora se porque.
Durante años vivimos pensando que nuestro tío había regresado al DF. Cuando tenía como diecisiete años me contaron la verdadera historia. Se me hizo un nudo en la garganta. Busqué en las fotografías viejas el rostro nebuloso de ese tío mío suicida y no encontré alguna seña que anunciara sus ganas de morirse. Al contrario. Parecía un tipo cualquier, feliz y barbón. En las fotos aparecía como uno de esos señores jóvenes que habían sobrevivido a los setentas arrastrando una estela hippie y chilanga.
Todo esto lo escribo por que ahora estamos hiendo a terapia familiar. Mis papás están en la crisis de los cincuenta y esa es una de las formas en que intentan solucionar su crisis existencial.
En los últimos días salió el tema del tío suicida. Era el hermano más chico de mi papá. Nosotros hacemos como que no escuchamos pero en la noche se puede oír su llanto y la voz de mi mamá a través de las paredes. Yo no se que haría si mi hermano se suicidara. Por eso lo entiendo. Supongo que había enterrado la culpa y el dolor durante muchos años.
Una noche escuchamos más ruido y más llanto de lo usual. Mamá y papá discutían. Había fuego en el patio. Papá estaba quemando una silla y varias fotografías. Cuando salí a ver que pasaba encontré la silueta del viejo frente a una pequeña hoguera. Mi madre me hizo una seña para que le ayudara con la manguera. Yo no quise hacerlo. Las lagrimas de mi padre eran iluminadas por el brillo sutil del fuego. Tenía la playera mojada. Mi hermano dice que escuchó llorarlo hasta el amanecer. Yo estaba muy cansada y me volví a dormir casi de inmediato.
En el desayuno mi mamá nos explicó que el viejo había guardado la silla en que mi tío se había subido para colgarse. La tenía escondida en la cochera. Ese mismo día regresé del trabajo ya tarde y encontré con que papá seguía dormido. Cayó la noche y él seguía roncando. Nadie se atrevió a despertarlo.
Pedagogía patriarcal aplicada
Hace 7 meses

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