viernes, 6 de mayo de 2011

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Hoy mientras me cortaba las uñas pensé en los muertos. Todos tuvieron que haber realizado ese mismo pequeño ritual una última vez sin sospechar que muy pronto sus uñas les dejarían de crecer. Se lavaron los dientes, se miraron en el espejo, se abrocharon las agujetas y se perdieron calle abajo para convertirse en un manojo de fotografías viejas. Después vino el tiempo y los erosionó por completo llevándose poco a poco su olor, sus voces, sus gestos. En el fondo de un cajón quedó el eco de sus risas. En algún video la mirada tierna de su infancia como si pudieran ser niños para siempre. Todo esto que digo lo siento. A mi los muertos me pesan. Son como sombras silenciosas que vigilan de reojo mis sueños. Sus ojos son ojos de perro. Su silencio un regaño. Los rostros marchitos. Ninguno sonríe. Algunas veces me rodean por completo. Ha sido difícil pero su compañía es necesaria. Al final me he acostumbrado. Algunos de ellos son buenos amigos. Otros son sólo cuerpos desnudos junto a mi cama. Un buen faje, una cogida. Una mujer escogiendo verdura en el supermercado. Un hombre cruzando la calle con su hija de la mano. Una conversación hueca. Una novia ausente. Alguien con quien compartir la hora de la comida. Un padre, una madre, un hermano. A veces los muertos somos todos. Un planeta repleto de cadáveres en espera de serlo. Este pensamiento me paraliza. Entonces cierro los ojos y me digo en voz baja: los muertos son siempre los otros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Algunos muertos sí te sonreímos

Unknown dijo...

Bueno!