viernes, 20 de noviembre de 2009

Redención

Ojala que no muchos se hayan dado cuenta de que borré un post pasado de verga de pendejo. Así que para redimirme les comparto un cuento que acabo de escribir y que me gustó mucho:

Pocas palabras para decir te quiero
Por Alejandro Aguirre Riveros

Obligado por la rutina, sus pasos resonaban por las calles que eran ahora inmensos pasillos por donde corría el aire frío de su ausencia. Iba y venia al trabajo como quien realiza un acto reflejo. Apretujado entre los rostros odiosos. Ahogando a duras penas el grito desesperado que nacía de su soledad. Y en esa ruinas los días acumularon meses y los meses años mientras el sol iba perdiendo su calor. Las noches largas eran un televisor encendido, una cena insípida y un dormir que no era descanso. La cama rígida le impedía acomodarse a su antojo y una sed rasposa trepaba por su garganta para interrumpir sus sueños cada vez que se le presentaba la oportunidad. A su lado el cuerpo de su mujer se desplazaba por las actividades cotidianas procurando que la casa no se viniera abajo a pesar de la pobreza que amenazaba con meterse por debajo de la puerta. Aunque notó el repentino cambio en su esposo prefirió no decir nada. Calló su goce escondiendo su dicha en lo más profundo de su ser y siguió barriendo como diciendo: “aquí no pasa nada”. Pero pasaba. Se podía notar en la vehemencia con que limpiaba hasta el último rincón y en la dedicación con que cocinaba cada platillo. Como si cada acción reforzara ese sentimiento de victoria que anidaba en su pecho.
Fue así como apareció un tercero. Se desprendió de sus sombras como nubarrones que tocan el agua. Para él fue un mal necesario ante el odio y el despreció con que se veía obligado a penetrarla cuando así lo necesitaba. En el vacío no había espacio para la ira que invadía su ser al mirarla a esos ojos que reflejaban los restos de un amor arraigado en el recuerdo. Un sentimiento que profanaba su cariño a base de culpa. Robándole en un instante el valor necesario para huir. Para ella en cambio fue una bruma cómoda que amortiguaba su existencia y la hacia incluso ver más bella. Más digna. La luz era más intensa y la vida un mejor lugar. Borrando por completo los destrozos de la otra. Regresando todo a la normalidad.

[Y en ese silencio se hicieron viejos]

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