
Termine los últimos pendientes de la oficina cuando ya estaban cerrando el edificio. Guarde todo, apague la computadora y marque al infierno para hacer reservaciones.
No tenia muchos amigos en la ciudad aquel verano pero eso importaba poco a la hora de disfrutar una buena cena en el bajo mundo.
La manejada era larga pero bastaba ver como iban apareciendo en las esquinas esas chicas de piel rojiza para que el largo trayecto valiera la pena. Las curvas perfectas y ese modo único que tienen de menear las caderas mientras hacen sonar sus tacones.
Los niños demonios acompañados de sus madres glotonas también tenían su encanto, pero no logre ver ninguno, quizás ya todos dormían.
El mesero fue atento y su diente de oro no paraba de resplandecer. ¿Algo más señor? ¿Todo bien señor? Su piel escarlata era aún más roja cuando recogía los platos blancos de porcelana china.
Finalmente pedí la cuenta mientras degustaba de la última copa de vino. No hacia falta nada más. Mire a mi alrededor y pasó como todas las veces, no podía distinguir la cara de los otros comensales: solo eran manchas borrosas que charlaban efusivamente mientras comían.
Fantasmas de la oscuridad.
Justo entonces sucedió lo excepcional. De entre todos los borrones que distinguía en lugar de caras: una joven de pelo lacio me sonrió con un mirar y una sonrisa de lo más nítida. En aquel lugar todos vestían bien y su vestido de noche favorecía su silueta.
Tarde un momento en reaccionar. Sin duda era a mí a quien sonreía a pesar de su voluptuoso acompañante. Me distrajo el mesero al traer la cuenta y al poner mis ojos sobre los números se fue la luz. Un coro de exclamaciones acompañaron la caída de la penumbra y un instante después todo volvía a la normalidad. Con la excepción de que todos habían desaparecido y en aquel grande salón solo yo, mi mesa y el silencio pesado de la soledad.
Estas cosas pasan cada que voy al infierno así que no paran de perder importancia.

1 comentario:
ámonos a parrandear
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