
Caminar por las entrañas del inframundo puede ser muy parecido a la vida ordinaria. Levantarse, bañarse, desayunar, huir al trabajo. Una y otra vez. Hasta que todo pierde sentido.
Quizás ya estemos muertos, sin darnos cuenta de nuestro error.
La muerte puede ser una inmensa soledad discreta. Sucesos inconexos, personajes extravagantes que inundan los paisajes del día común: un payaso, un niña de mirada incisiva, una voz que nos habla en la bañera.
Un espejo roto.
El tipo extraño que se sienta a tu lado día a día en el camión de las once. Hasta que finalmente te habla.
Una voz salivosa. Ronca como la de un anciano.
Los has visto todos los días tomar el mismo camión, algunas paradas después de la tuya.
Aquí ya estamos todos muertos.
La lluvia empaña los vidrios, pero hace un segundo era un día soleado. Entran a un túnel y la hilera de lámparas en el muro de concreto crean un desfile de sombras danzantes.
Miras aquel hombre extraño y lo único que hay son los ojos vacíos de un cadáver humano.
Una serpiente entre tus sabanas.
Tu reflejo en el baño mientras limpias tu rastrillo y te encuentras con un sujeto que no eres tú. Un invasor.
El hombre gris que te roba el tiempo.
Rómpelo.
Tus manos llenas de sangre y el dolor ardiente de quien se bate a golpes con un espejo.
Con la ira de un demente.
El camión lleno, el va y ven de las calles irregulares, algunos duermen y otros van de pie. Todos viajan en un silencio estremecedor.
Y aquel hombre a tu lado, que has visto todos los días coincidir contigo en el camión de las once, te susurra al odio:
Aquí ya estamos todos muertos, pero no lo sabemos.
Tu abres los ojos, te levantas de la cama y sigues con tu vida. Te bañas, desayunas y huyes al trabajo, caminando rápido para alcanzar el camión de las once.