
Cuando uno es niño y se vive en esta isla, la noticia de que un huracán esta a punto de tocar tierra es siempre una buena noticia. Las clases se suspenden y a uno lo mandan a casa, feliz de saber que esos días serán vacaciones improvisadas que podrán durar hasta dos semanas. Los supermercados se atascan con largas filas de señoras empujando carritos repletos de las provisiones que abran de salvar a sus familias en caso de que el fenómeno meteorológico arrase con la ciudad. En alguna ocasión mi madre estaba en esta etapa cuando vino un apagón que dejó el supermercado a oscuras. Yo, que en ese momento me encontraba en la sección de revistas sobrellevando la espera de hacer fila, aproveche la confusión y los gritos para meterme bajo la playera un comic que me había gustado. Al instante la luz regresó siendo demasiado tarde para arrepentirse.
El problema es que la misma lluvia no te deja salir de casa y te prohíben prender la tele bajó la amenaza de que los cambios bruscos de voltaje en la corriente pueden descomponerla. Al tercer día todos los juegos se han gastado y uno esta cansado de jalar una silla a la ventana para ver llover. Años después el mismo sentimiento de tedio me abatía al tener que salir al frío para fumarme bajo la lluvia tenue el último de mis cigarros, escondido en el patio mientras mi madre escuchaba una radio de pilas en la cocina, siguiendo con atención las últimas noticias sobre la región. Era entonces que terminaba la alegría de tener un huracán encima y todo se volvía aburrimiento entre mezclado con ansias por nicotina.
Pocas veces tuve la suerte de estar justo en el ojo del huracán y contemplar la belleza de un cielo calmo rodeado de un circulo perfecto de nubes negras que se extendían en el firmamento. Eso hacia que valieran la pena el aburrimiento.